La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades A mediodÃa del dÃa siguiente, la señora Jarley se sentó detrás de su adornada mesa, asistida por las distinguidas efigies anteriormente mencionadas, y mandó que se abrieran las puertas para la readmisión de un público entendido e ilustrado. Pero los resultados del primer dÃa no fueron en absoluto buenos, pues el público en general, si bien manifestaba un vivo interés por la señora Jarley y por sus satélites de cera, que se podÃan ver gratis, no sentÃa ningún impulso especial por pagar seis peniques por cabeza. AsÃ, a pesar de que mucha gente acudÃa a la entrada a contemplar las figuras expuestas —donde permanecÃa haciendo gala de perseverancia durante horas y horas—, a oÃr sonar el organillo y a leer los folletos; y a pesar de la cortesÃa de recomendar a los amigos la contemplación de la exposición de la misma manera, tanto que la entrada solÃa quedar bloqueada por la mitad de los habitantes de la población, quienes al irse eran sustituidos por la otra mitad, ni el dinero recaudado fue muy abundante ni las perspectivas del museo muy alentadoras.