La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades De la ventana del salón de esta casa, que estaba tan pegada a la acera que los transeúntes rozaban a menudo el cristal con la manga de la chaqueta —limpiándolo de paso, pues estaba muy sucio—, colgaba una cortina verde descolorida por el sol, tan raída por sus largos servicios que parecía menos un medio para obstaculizar la visión de la habitacioncita oscura que para transparentar con exactitud lo que en ella acontecía. Aunque no había gran cosa que contemplar: una mesa desvencijada, con montones de papel amarillento y desgastado a fuerza de llevarse en el bolsillo, ostensiblemente desplegado; un par de sillas a cada lado de este mueble desvencijado; un traicionero sillón viejo junto a la chimenea, cuyos brazos marchitos habían abrazado a muchos clientes y ayudado a exprimirlos en toda regla; una caja de pelucas de segunda mano, usada como receptáculo para documentos sin legalizar, atestaciones y otros pequeños formularios jurídicos (en otro tiempo el único contenido de la cabeza que pertenecía a la peluca que pertenecía a la caja y que ahora se había refugiado en la misma caja); dos o tres libros corrientes de práctica forense; un tintero, una polvera, una escobilla vieja para la ceniza, una alfombra raída que aún se aferraba desesperadamente a las tachuelas que la sujetaban al suelo. Tales eran, junto con el zócalo amarillo de la pared, el techo descolorido por el humo del tabaco, el polvo y las telarañas, los elementos decorativos más importantes del despacho del señor Sampson Brass.