La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Pero todo esto pertenecía a la naturaleza muerta, al igual que la placa «Brass, abogado», que relucía en la puerta, y el letrero «Primer piso, se alquila a soltero», que estaba atado a la aldaba. El despacho solía contener dos ejemplares de naturaleza animada, que vienen más a cuento nuestro y que tendrán para el lector un interés más vivo.
Uno de ellos era el señor Brass, que ya ha hecho acto de presencia en estas páginas. El otro, su empleada, asistenta, casera, secretaria, maquinadora confidencial, consejera, intrigante y hábil incrementadora de la cuenta de gastos: la señorita Brass, una especie de amazona de la jurisprudencia, de quien no está de más ofrecer una sucinta descripción.