La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades La señorita Sally Brass era una dama de treinta y cinco años aproximadamente, de figura chupada y huesuda. Tenía un aire enérgico que no sólo reprimía las emociones más dulces del amor y mantenía a los admiradores a distancia, sino que inspiraba un sentimiento afín al terror en los pechos de los extraños que tenían la felicidad de acercarse a ella. De cara era asombrosamente parecida a su hermano, Sampson, hasta tal punto que si la modestia virginal y la gentil feminidad de la señorita Brass le hubieran permitido ponerse la ropa de su hermano y sentarse a su lado, a modo de chanza, hasta al más viejo amigo de la familia le habría resultado difícil determinar quién era Sampson y quién Sally, habida cuenta, además, de que la dama exhibía sobre el labio superior ciertas rojeces que, unidas a la impresión producida por la indumentaria, podrían haberse confundido fácilmente con un bigote. Sin embargo, estas no eran, con toda probabilidad, sino las pestañas que se habían equivocado de lugar, ya que los ojos de la señorita Brass estaban completamente libres de cualquier impertinencia natural de semejante índole. La tez de la señorita Brass era cetrina —de un cetrino más bien sucio, hay que señalar—, pero este matiz se veía agradablemente aliviado por el saludable brillo que cubría la punta de su nariz al reír. Su voz era impresionante, profunda y rica en calidad, y, una vez oída, no se la podía olvidar con facilidad. Su vestimenta habitual consistía en un sayal verde, de color no distinto al de la cortina de la ventana, ajustado al talle y terminado en el cuello, donde un botón particularmente grande y macizo lo cerraba por detrás. Convencida, a no dudarlo, de que la sencillez era el alma de la elegancia, la señorita Brass no llevaba collares ni pañuelos, salvo en la cabeza, que iba invariablemente adornada con un pañuelo de gasa marrón, como el ala del vampiro de la fábula, y que, retorcido de la forma más inimaginable, constituía un tocado fácil y gracioso.