La tienda de antiguedades

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Una mañana, el señor Sampson Brass copiaba cierto procedimiento jurídico, hundiendo tenazmente la pluma en el papel, como si escribiera en el corazón mismo de la adversidad, mientras la señorita Sally Brass preparaba su pluma para redactar una declaración jurada, que era su ocupación favorita. Ambos permanecieron sentados en silencio un buen rato hasta que la señorita Brass rompió el silencio de la siguiente manera:

—¿Has terminado ya, Sammy? —preguntó, pues en sus labios suaves y femeninos el nombre de Sampson se transformaba en Sammy, y todas las cosas se suavizaban de repente.

—No —contestó el hermano—. Habría terminado si me hubieras ayudado en su debido momento.

—¡Ah, claro, por supuesto! —exclamó la señorita Sally—. Así que necesitas mi ayuda, ¿verdad? ¡Por eso vas a contratar a un escribano!

—¿Voy a contratar a un escribano por gusto o por mi propio deseo, bribona provocadora? —espetó el señor Brass llevándose la pluma a la boca y mirando con desdén a su hermana—. ¿Por qué te sienta tan mal que quiera contratar a un escribano?


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