La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Puede observarse en este punto, por si el hecho de llamar el señor Brass bribona a una dama pudiera ocasionar extrañeza o sorpresa, que estaba tan acostumbrado a tenerla a su lado desempeñando una ocupación masculina que había acabado dirigiéndose a ella como si fuera un hombre. Sentimiento este, por lo demás, tan perfectamente recíproco que no sólo el señor Brass llamaba a menudo bribona a la señorita Brass, e incluso ponía otro epíteto delante de bribona, sino que la propia señorita Brass consideraba este extremo algo natural y se impresionaba tan poco como si a otra dama la hubieran llamado «ángel mío».
—¿Por qué te sienta tan mal que quiera contratar a un empleado después de haber estado hablando de esto anoche durante más de tres horas? —el señor Brass sonrió de nuevo con la pluma en la boca, que parecía la cimera de un noble o un gentilhombre—. ¿Es acaso culpa mía?
—Lo único que sé —se explicó la señorita Sally con una sonrisa seca, pues nada le complacía tanto como irritar a su hermano— es que si todos y cada uno de tus clientes nos van a obligar a contratar a un escribano, lo necesiten o no, más te valdría dejar los negocios, darte de baja en el registro de abogados y presentar la liquidación cuanto antes.