La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —¿Tenemos algún otro cliente como él? —preguntó Brass—. ¿Tenemos algún otro cliente como él ahora? ¿Quieres contestarme a esto?
—¿Qué quieres decir?, ¿con la misma cara? —preguntó a su vez la hermana.
—¡Con la misma cara! —se sonrió burlonamente Sampson Brass, y alargó la mano para coger el libro de las asignaciones, que se puso a hojear deprisa—. Mira aquÃ: señor Daniel Quilp, señor Daniel Quilp, señor Daniel Quilp, por todas partes. ¿Debo aceptar o no a un escribano que él me recomienda diciendo: «Este es el hombre para usted»? ¿Quieres que lo pierda todo, eh?
La señorita Sally no se dignó contestar; esbozó una sonrisita y prosiguió su trabajo.
—Pero yo sé de qué se trata —reanudó Brass tras breve silencio—. Tienes miedo de no poder seguir haciendo y deshaciendo a tu antojo, como estás acostumbrada. ¿Crees que no lo he adivinado?
—El negocio no funcionarÃa mucho tiempo sin mÃ, permÃteme que te diga —replicó su hermana serenamente—. No seas imbécil y no me provoques, Sammy, y céntrate en lo que estás haciendo.
Sampson Brass, que le tenÃa mucho miedo a su hermana, se inclinó cariacontecido sobre sus papeles para escuchar sin mirarla lo que ella tenÃa que decir: