La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —Si yo decidiera que no viene el escribano, por supuesto que no vendría. Lo sabes perfectamente, así que no digas tonterías.
El señor Brass recibió esta observación con aumentada mansedumbre y sólo observó, para sí mismo, que no le gustaba ese género de bromas y que la señorita Sally sería «una socia más simpática» si se abstuviera de zaherirlo. Cumplido al que contestó la señorita Sally diciendo que sentía un gusto especial por divertirse y que no tenía ninguna intención de prescindir de tal gratificación. Como, al parecer, el señor Brass no tenía ganas de seguir discutiendo, los dos se pusieron a escribir a gran velocidad y con ello terminó la discusión.
Mientras escribían aplicadamente, la ventana se oscureció de repente, como si hubiera alguna persona impidiendo la entrada de la luz. El señor Brass y la señorita Sally levantaron la vista para averiguar la causa y vieron que el marco superior era bajado diestramente desde fuera, tras lo cual Quilp asomó la cabeza.
—¿Hola? —exclamó subido al alféizar de la ventana para escrutar el interior de la habitación—. ¿Hay alguien en casa? ¿Hay aquí alguna mercancía del diablo? ¿Cómo se cotiza nuestro Brass, al alza o a la baja?
