La tienda de antiguedades

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—¡Ja, ja, ja! —se rió el abogado con afectado júbilo—. ¡Qué bueno, señor Quilp! ¡Sí, muy bueno, de veras! ¡Qué excéntrico! ¡Ay, Señor, qué humor tiene este hombre!

—¿Es esta mi Sally? —graznó el enano, comiéndose con los ojos a la bella señorita Brass—. ¿No es la justicia misma, con la venda quitada y sin la espada y la balanza? ¿No es el brazo implacable de la ley? ¿No es la virgen de Bevis?

—¡Qué ingenio tan torrencial! —exclamó Brass—. A fe mía que esto no se ha visto ni oído nunca.

—Abra la puerta —solicitó Quilp—. Lo traigo conmigo. Un escribano para usted, Brass, un fénix de los ingenios, un as de oros. Dese prisa en abrir la puerta o algún abogado de por aquí cerca podría asomarse a la ventana y quitárselo ante sus narices, le advierto.

Es muy probable que la pérdida del fénix de los escribanos, incluso a favor de un profesional de la competencia, no hubiera partido el corazón del señor Brass; pero, fingiendo suma prontitud, se levantó de la silla, se dirigió a la puerta, volvió y presentó a su cliente, que traía de la mano nada menos que al señor Richard Swiveller.


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