La tienda de antiguedades

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—¡Hela aquí! —exclamó Quilp, deteniéndose de golpe en la puerta y arrugando las cejas mientras miraba en dirección a la señorita Sally—. He aquí la mujer con la que yo debería haberme casado, he aquí la bella Sarah, he aquí la fémina que reúne todos los encantos de su sexo y ninguna de sus debilidades. ¡Ah, Sally, Sally!

A esta efusión amorosa la señorita Brass respondió con un breve: «¡Qué cargante!».

—Dura como el metal del que toma el apellido —articuló Quilp—. ¿Por qué no hace pequeñas monedas, derrite el metal y toma otro nombre?

—¡Basta de bobadas, señor Quilp, por favor! —repuso la señorita Sally con una sonrisa sombría—. No sé cómo no le da vergüenza delante de un joven desconocido.

—El joven desconocido —replicó Quilp empujando a Dick— es lo suficientemente sensible para comprender lo que digo. No es otro que el señor Swiveller, mi íntimo amigo, caballero de buena familia con un futuro brillante, pero que, habiendo cometido una locura juvenil, accede durante cierto tiempo a desempeñar la humilde condición de escribano, humilde pero aquí sumamente envidiable. ¡Qué ambiente tan delicioso!


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