La tienda de antiguedades

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Si el señor Quilp hablaba en sentido figurado y quería decir que el aire respirado por la señorita Sally Brass quedaba dulcificado y refinado por tan exquisita criatura, tenía buenas razones para decir lo que decía. Pero si se refería al aire que se respiraba en el despacho del señor Brass en sentido literal, debía de tener un olfato muy peculiar, ya que la habitación olía a cerrado y humedad, y, además de estar frecuentemente impregnada con un fuerte olor a prendas de vestir de segunda mano, compradas probablemente en Duke’s Place y en Hounsditch, desprendía un desagradable tufo a ratas, ratones y moho. Alguna duda respecto a la susodicha delicia debió de albergar el señor Swiveller, pues rezongó un par de veces mientras miraba con incredulidad al enano, que sonreía.

—Señorita Sally —agregó Quilp—, el señor Swiveller, que en su práctica de la agricultura es experto en la siembra de avena silvestre, opina, muy juiciosamente, que es mejor la mitad de una rebanada de pan que nada. Y que alejarse del camino tortuoso es también mejor, por lo que acepta la oferta de su hermano. Brass, el señor Swiveller es todo suyo.

—Estoy muy contento, señor —expresó el señor Brass—, muy contento de veras. El señor Swiveller tiene mucha suerte de contar con su amistad. Puede estar muy orgulloso de contar con la amistad del señor Quilp.


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