La tienda de antiguedades

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El señor Brass tenía la máxima de que tributar cumplidos mantenía lubrificada su lengua sin gasto alguno; y, como este miembro tan útil nunca debía oxidarse ni crujir al girar sobre sus goznes tratándose de un buen intérprete de la ley, el cual debía poseer siempre una especial facilidad de palabra, él mismo aprovechaba cualquier oportunidad para entregarse a discursos bellos y expresiones laudatorias. Ello se había vuelto tan habitual en él que, si no podía afirmarse que tuviera la lengua en las puntas de los dedos, sí podía decirse que la tenía en cualquier sitio menos en la cara; la cual, siendo ruda y repulsiva, como ya hemos visto, no se lubrificaba fácilmente y permanecía ceñuda incluso en las conversaciones apacibles, cual almenara puesta allí por la naturaleza para aconsejar a quienes navegan por los bajíos y tempestades del mundo, o por el proceloso mar de la ley, que busquen puertos menos traicioneros y prueben fortuna en otra parte.








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