La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Era evidente que algún rencor extraordinario roía el gentil pecho de la señorita Brass, y que eso fue lo que la impelió, sin ningún motivo aparente, a golpear a la niña con el cuchillo, primero en la mano, luego en la cabeza y después en la espalda, como si le resultara imposible estar tan cerca de ella sin administrarle una tanda de golpecitos. Pero el señor Swiveller quedó no poco asombrado al ver que su colega, después de recular despacio hacia la puerta, como si intentara retirarse de la habitación sin poder conseguirlo, se precipitaba hacia delante y, cayendo sobre la pequeña criada, le propinaba puñetazos a mansalva. La víctima empezó a llorar, pero de una manera contenida, como temiendo levantar demasiado la voz, y la señorita Brass, tras consolarse con una pizca de rapé, se dispuso finalmente a subir las escaleras; pero para entonces Richard ya había alcanzado el despacho.