La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades ¡Ah! Si aquellos que rigen los destinos de las naciones tuvieran esto presente, si pensaran en lo difícil que es para los pobres engendrar en sus corazones ese amor al hogar del que provienen las virtudes domésticas, pese a vivir en aglomeraciones escuálidas donde se pierde la decencia social, si es que existió alguna vez…; si se olvidaran por un momento de sus amplias avenidas y grandes casas y se esforzaran por mejorar las moradas miserables de los callejones donde reina la pobreza; entonces muchos tejados bajos apuntarían más rectamente al cielo que esas agujas excelsas que, burlándose de ellos por su contraste, se elevan orgullosamente en medio de la culpa, el delito y la horrible enfermedad. Las voces sombrías de las casas de misericordia, de los hospitales y de las cárceles predican esta verdad día tras día, y así viene predicándose desde hace años. No es un asunto baladí, no es el simple clamor del pueblo trabajador, no es una mera cuestión de salud y bienestar para el pueblo, susceptible de ser objeto de abucheo en el transcurso de una velada parlamentaria. En el amor al hogar se origina el amor al país; y ¿quienes son mejores patriotas o más templados en los tiempos difíciles, los que veneran al país porque poseen bosques, ríos, tierras y todo lo que producen, o los que aman a su país sin poder vanagloriarse de poseer una pequeña parcela de terreno de tan vastos dominios?