La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Kit ignoraba estas cuestiones, pero sabía que su antiguo hogar era muy pobre y que el nuevo era muy distinto, aunque constantemente miraba hacia atrás con satisfacción agradecida e inquietud afectuosa, y a menudo escribía cartas a su madre en las que metía un chelín o dieciocho peniques, u otras pequeñas cantidades que la liberalidad del señor Abel le permitía enviar. A veces, cuando pasaba por el barrio y tenía un poco de tiempo libre, entraba en la casa y ¡qué grande era la alegría y el orgullo de su madre, qué ruidosa la satisfacción del pequeño Jacob y del bebé, y qué cordiales las congratulaciones de todos los vecinos, que escuchaban admirados los relatos acerca de la finca de Abel y no se cansaban de oír tanta maravilla y magnificencia!