La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Y permÃtaseme detenerme un instante para observar que, si alguna vez el afecto y el cariño domésticos son bellos sentimientos, eso ocurre sobre todo en la casa de los pobres. Los lazos que unen a los acomodados y a los orgullosos con su casa suelen forjarse en la tierra, pero los que unen al hombre pobre con su hogar humilde son de un metal más puro y llevan el sello del cielo. El hombre de alta alcurnia ama las fincas y las tierras de su heredad como parte de sà mismo: son trofeos de su cuna y de su poder; se relaciona con ellas por el orgullo, el dinero y el triunfo. Pero el apego del hombre pobre a su morada, que otros han habitado antes y otros volverán a habitar después, tiene una base más meritoria, arraigada en un terreno más puro. Sus dioses familiares son de carne y sangre, sin añadidos de plata, oro o piedras preciosas; el hombre pobre no tiene más propiedad que los afectos de su corazón; y cuando esos dioses le llevan a amar los suelos y muros desnudos de su casa, a pesar de ir mal vestido, trabajar fatigosamente y comer mal, entonces es de Dios de quien recibe este hombre su amor al hogar, y su humilde cabaña se convierte en un lugar sagrado.