La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Sin embargo, ¡alto! Estas palabras ya están escritas; pero si alguien dedujera de ellas que Kit, al gozar de comida abundante y de alojamiento confortable, había empezado a pensar despectivamente de la pobre comida y mobiliario de su antigua morada, estaría muy equivocado y cometería una injusticia. ¿Quién más que Kit se acordaría de los que quedaban en casa, aunque no fueran más que una madre y dos niños pequeños? Ni el padre más jactancioso, con el corazón henchido, habría relatado jamás las maravillas de su hijo pródigo con el entusiasmo con que Kit le contaba a Bárbara por las noches los mil portentos del pequeño Jacob. ¿Ha habido alguna vez una madre como la de Kit, al menos según la descripción de su hijo, o una pobreza tan desahogada como la que había en su familia, al menos según el entusiasta relato de Kit?