La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Kit, una vez que pasó rápidamente por su mente este último argumento conjurando la realización de todas sus esperanzas y fantasÃas, sintió una punzada, como un dolor momentáneo frente a la resolución que ya habÃa adoptado. Pero fue una punzada pasajera, y contestó con firmeza que el susodicho caballero debÃa buscarse otra persona, cosa que, en su opinión, deberÃa haber hecho desde el principio.
—Ese caballero no tiene derecho a pensar que yo puedo dejarlo a usted para irme con él, señor —expresó Kit, volviéndose de nuevo tras un rato martilleando—. ¿Acaso me cree bobo?
—Puede que te crea bobo si rechazas su ofrecimiento, Christopher —afirmó el señor Garland con tono grave.