La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —Pues que lo crea si quiere, señor —repuso Kit—. ¿Qué me importa a mÃ, señor, lo que él pueda creer? ¿Por qué deberÃa preocuparme a mà lo que él pueda creer cuando sé que serÃa un verdadero bobo, y alguna cosa peor aún, si abandonara al amo y a la ama más amables que ha habido jamás, y que puede haber, que me acogieron en la calle siendo un chico muy pobre y hambriento, más pobre y hambriento tal vez de lo que usted podrÃa pensar, para irme con él o con cualquier otra persona? Si la señorita Nell volviera, señora —agregó, volviéndose de improviso a su ama—, bueno, entonces la cosa cambiarÃa, y tal vez, si ella me necesitara, yo podrÃa pedirle permiso a usted para que me dejara ir trabajar para ella cuando todo estuviera hecho aquÃ. Pero cuando ella vuelva, yo sé que será muy rica, pues eso dijeron siempre mis antiguos amos que iban a ser, y, claro, si es ahora una joven rica, ¿para qué podrÃa necesitarme a mÃ? No, no —apostilló, sacudiendo la cabeza con aire triste—, ella nunca volverá a necesitarme y, ¡Dios la bendiga!, espero que nunca me necesite, aunque a mà me gustarÃa en el fondo que asà fuera… —Kit clavó un clavo en la pared con una fuerza mayor de la necesaria y a continuación se volvió para mirarlos—. Y además está el poni, señor —prosiguió—. Señora, ¿cree que Whisker (y él sabe de sobra que estoy hablando de él, pues se ha puesto a relinchar, señor) dejarÃa que se le acercara alguien que no sea yo? Y luego está el jardÃn, señor, y el señor Abel, señora. ¿Se separarÃa fácilmente el señor Abel de mÃ, señor, y hay alguien que pudiera cuidar el jardÃn con mayor cariño que yo, señora? Y eso también le partirÃa el corazón a mi madre, señor; e incluso el pequeño Jacob, que es muy sensible, se echarÃa a llorar desconsoladamente, señora, si supiera que el señor Abel se iba a separar de mà tan pronto después de haberme dicho, el otro dÃa mismo, que esperaba que estuviéramos juntos muchos años más…