La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Imposible saber cuánto tiempo habría podido seguir Kit en la escalera dirigiéndose a su amo y a su ama alternativamente (y casi siempre volviéndose a la persona a la que no dirigía sus palabras) si Bárbara no hubiera llegado corriendo en ese momento para anunciar que había llegado de la notaría un mensajero con una nota. La chica, algo sorprendida ante la pose oratoria de Kit, dejó la nota en manos de su amo.
—¡Ah! —dijo el anciano cuando la leyó—. Pídele al mensajero que venga aquí.
Bárbara fue a hacer lo que se le ordenaba, y el señor Garland se volvió hacia Kit para decirle que hablarían del asunto más tarde, y que si él no deseaba separarse de ellos, ellos tampoco deseaban separarse de él, afirmación que la anciana ratificó de su parte.
—Por otra parte, Christopher —agregó el señor Garland, mirando la nota que tenía en la mano—, si el caballero te necesitara de vez en cuando para un par de horas, o incluso un par de días, nosotros accederíamos a su petición, y tú aceptarías que te prestáramos. ¡Ah! Aquí viene el joven caballero. ¿Qué tal está, señor?
El saludo iba dirigido al señor Chuckster, quien, con el sombrero caído a un lado y el pelo suelto, se acercaba pavoneándose.