La tienda de antiguedades

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Para ser indiferente a la compañía del caballero soltero se habrían necesitado unos nervios de acero. Nunca un carruaje llevó dentro —ni unos caballos tiraron de— un caballero tan inquieto como él. Jamás permanecía sentado en la misma posición más de dos minutos; agitaba constantemente brazos y piernas, levantaba las ventanillas para a continuación dejarlas caer violentamente, sacaba, la cabeza por una de ellas, la metía de nuevo, la sacaba otra vez por la de enfrente… Llevaba en el bolsillo una caja de fósforos de misteriosa fabricación y, cuando la madre de Kit cerraba los ojos, ¡zis, zas, zis, zas!, consultaba su reloj con la llama y dejaba que las chispas cayeran sobre la paja como si no existiera el peligro de que la madre de Kit y él se asaran vivos antes de que los postillones pudieran parar los caballos. Y, siempre que se paraban para cambiarlos, él se apeaba sin bajar el estribo e irrumpía en el patio de la posada como un petardo encendido, sacaba el reloj junto a una farola y, olvidándose de mirarlo, se lo metía otra vez en el bolsillo; en una palabra, que cometía tantas extravagancias que la madre de Kit empezó a tenerle miedo. Una vez enganchados los caballos, se subía al coche como un rayo y, antes de haber recorrido kilómetro y medio, volvía a sacar el reloj y la caja de fósforos. La madre de Kit se despertaba de repente, cada vez con menos esperanzas de poder echar una cabezada en todo el viaje.


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