La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —¿Qué es esto? —preguntó el caballero soltero, sacando la cabeza por la ventanilla—. ¿Ocurre algo especial aqu�
—¡Una boda, señor, una boda! —gritaron varias voces—. ¡Vivan los novios!
El caballero soltero, perplejo al descubrir que era el foco de atención de aquel gentÃo, se apeó asistido por uno de los postillones y ayudó a apearse a su vez a la madre de Kit. Al verlo, la plebe gritó entre saltos de júbilo: «¡Aquà viene otra boda!».
—Me parece que el mundo se ha vuelto loco —exclamó el caballero soltero, abriéndose paso entre la muchedumbre acompañado de su supuesta novia—. Quédese aquà un momento, señora, mientras llamo a la puerta.
Como cualquier cosa que produce ruido suele hacer las delicias de la plebe, una veintena de manos sucias se levantaron al mismo tiempo para llamar por él: raras veces se han oÃdo nunca unos aldabonazos tan ensordecedores como aquellos. Prestado el servicio gratis et amore, la muchedumbre se retiró a un lado dejando al caballero soltero cargar enteramente con las consecuencias.
—Y bien, señor, ¿qué desea? —preguntó un hombre con un lazo blanco en el ojal, abriendo la puerta y mirándolo con aire estoico.
—¿Quién se ha casado aquÃ, amigo mÃo? —preguntó el caballero soltero.
—Yo mismo.