La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —¿Usted? ¿Y con quién diablos se ha casado usted?
—¿Qué derecho tiene usted a hacer ese pregunta? —replicó el novio, mirándolo de arriba abajo.
—¿Que qué derecho tengo? —gritó el caballero soltero, apretando el brazo de la madre de Kit con más fuerza, pues le habÃa parecido que querÃa salir huyendo—. Un derecho del que usted no tiene la menor idea. Escúchenme, buena gente: si este hombre se ha casado con una menor…, ¡no, no, eso no puede ser! ¿Dónde está la niña que guarda usted aquÃ, mi buen amigo? La niña que se llama Nell. ¿Dónde está?
Al oÃr aquella pregunta, de la que la madre de Kit se habÃa hecho también eco, alguien que habÃa cerca exhaló un grito. Era una señora fornida, vestida de blanco, que acudió enseguida y se apoyó en el brazo del novio.
—¿Dónde está? —gritó la señora—. ¿Qué noticias tiene de ella? ¿Qué ha sido de ella?
El caballero soltero dio un paso atrás y se quedó observando a la hasta hacÃa poco señora Jarley (casada aquella misma mañana con el filosófico George, para eterna ira y desesperación del señor Slum, el poeta) con una mirada de aprensión, desencanto e incredulidad a la vez. Al final, consiguió musitar:
—Soy yo quien está preguntando dónde está la niña. ¿Qué quiere decir usted, señora?