La tienda de antiguedades

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—¡Ay, señor! —exclamó la novia—. Si ha venido aquí por el bien de la pequeña, ¿por qué ha tardado tanto y no vino hace una semana, por ejemplo?

—¡No estará… muerta! —expresó él, de repente completamente pálido.

—No, la cosa no es para tanto.

—¡Gracias a Dios! —exclamó el caballero soltero con un hilillo de voz—. Permítame que entre.

Se apartaron para dejarlo entrar y cerraron la puerta.

—Mis queridos amigos —dijo, volviéndose a los recién casados—, he aquí un hombre que aprecia menos su propia vida que la de los dos a los que está buscando. Pero ellos no me conocerían. Mis rasgos les son extraños; pero si ellos dos, o alguno de ellos, están aquí, lleven a esta buena mujer con ustedes para que la vean primero, pues a ella la conocen bien. Si no quieren que yo los vea por un miedo infundado o por alguna otra consideración, podrán juzgar mis intenciones cuando reconozcan a esta persona, que es una vieja y humilde amiga suya.

—¡Siempre lo dije! —exclamó la novia—. ¡Sabía que no era una niña cualquiera! Ay, señor, me temo que no podemos ayudarle, pues todos nuestros esfuerzos por encontrarlos han resultado vanos.


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