La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Aquella pregunta puso a la respetable señora en una situación bastante delicada, ya que era cierto que había contribuido activamente a que su hija se convirtiera en la señora Quilp, toda vez que no redundaba en el crédito de la familia abonar la idea de que se había casado con un hombre con quien nadie más podría casarse. Por otra parte, exagerar las cualidades cautivadoras de su yerno sería debilitar la causa de la rebelión, en la que las energías estaban puestas en este momento. Acuciada por consideraciones tan opuestas, la señora Jiniwin reconoció las habilidades especiales de Quilp, pero negó su derecho a mandar y, hecha esta salvedad a la intención de la señora gorda, la discusión volvió al punto del que se había desviado.
—¡Ah, qué razón llevaba la señora George! —exclamó la vieja señora—. Si las mujeres se respetaran a sí mismas… Pero Betsy no se respeta a sí misma, y es realmente una lástima; siento vergüenza por ella.
—Antes que consentir que un hombre me dé órdenes como Quilp se las da a ella —terció la señora George—, antes que vivir atemorizada por un hombre como ella lo está por él, yo… me quitaría la vida y escribiría antes una carta diciendo que ha sido él el causante de mi muerte.