La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Como esta observación fue altamente alabada y aprobada, otra dama (de la calle Minories) intervino igualmente:
—El señor Quilp puede que sea un hombre muy galante, y supongo que no hay duda de que lo es, pues la señora Quilp dice que lo es, y la señora Jiniwin dice también lo mismo, y ellas deben de saber más que nadie. Pero no es lo que… lo que se dice un hombre apuesto…, ni tampoco es joven, lo cual podrÃa ser un pequeño atenuante; mientras que su mujer sà es joven, y guapa, y es mujer…, que es, después de todo, lo más importante.
Como esta última frase fue proferida con un patetismo fuera de lo común, suscitó el correspondiente murmullo de las asistentes, estimulado por lo que la dama dijo a continuación; a saber, que si tal marido se enfadara y fuera irrazonable con semejante esposa, entonces…
—¿Si fuera? —interrumpió la madre, dejando la taza de té y quitándose las migajas del regazo, gesto preparatorio para la siguiente declaración—. Es el mayor tirano que se ha visto nunca, hasta el punto de que ni se atreve siquiera a decir que tiene alma propia. La hace temblar con una palabra e incluso con una mirada; la asusta hasta la muerte, y ella no tiene el valor de hacerle la menor observación. ¡Ni una sola!