La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades A pesar de que el hecho había sido de antemano notorio a todas las bebedoras de té y objeto de repetido debate en cada una de estas sesiones en los últimos doce meses, apenas expuesta esta comunicación oficial todas empezaron a hablar a la vez, rivalizando unas con otras en vehemencia y volubilidad. La señora George observó que la gente se lo había dicho antes, que la señora Simmons, allí presente, se lo había dicho veinte veces, que ella siempre había dicho: «No, Henrietta Simmons, si no lo veo con mis ojos y lo oigo con mis oídos, no lo creeré». La señora Simmons corroboró este testimonio y aportó pruebas contundentes de su propia cosecha. La señora de la calle Minories habló de un método de tratamiento infalible al que había sometido a su marido, el cual, un mes después del matrimonio, pasó de manifestar síntomas inequívocos de ferocidad a parecer tan manso como un cordero. Otra dama relató su propia lucha personal, con triunfo final; pero antes se había visto obligada a llamar a su madre y dos tías y a pasar seis semanas llorando incesantemente noche y día. Una tercera, que en la confusión general no había podido encontrar a otra persona que la escuchara, se arrimó a una joven aún soltera y la conjuró a que, si valoraba su propia paz de espíritu y felicidad, sacase provecho de aquella solemne ocasión y aprendiera de la debilidad de la señora Quilp, y, a partir de entonces, dirigiera todos sus pensamientos al objetivo común de domeñar el rebelde espíritu del hombre. El ruido estaba en su punto máximo (la mitad de las contertulias había elevado la voz hasta un enorme tumulto a fin de ahogar las voces de la otra mitad), cuando se vio a la señora Jiniwin cambiar de color y menear el índice sigilosamente, como exhortándolas a guardar silencio. Entonces, y sólo entonces, fue advertida la presencia en la habitación de Daniel Quilp, causa y ocasión de todo aquel alboroto, que observaba y escuchaba con suma atención.