La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —Prosigan, señoras, prosigan —las invitó Daniel—. Señora Quilp, por favor, pide a las damas que se queden a cenar y se tomen un par de langostinos con algo ligero y sabroso.

—Yo… yo no las he invitado a tomar el té, Quilp —tartamudeó su mujer—. Ha sido por casualidad.
—Tanto mejor, señora Quilp. Estas fiestas casuales son siempre las más agradables —aseveró el enano, frotándose las manos tan fuertemente que parecÃa estar fabricando, con el polvo sudoroso con que estaban impregnadas, pequeñas balas para pistolas de juguete—. ¡Qué! No irán a marcharse ahora, seguro.
Sus bellas enemigas agitaron la cabeza ligeramente mientras buscaban sus respectivos sombreros y chales, y dejaban la contienda verbal a la señora Jiniwin, quien, al verse sola ante el peligro, hizo un leve ademán para desempeñar su nuevo papel.
—¿Y por qué no iban a quedarse a cenar, Quilp —preguntó la vieja señora—, si mi hija asà lo habÃa dispuesto?
—Ciertamente —asintió Daniel—. ¿Y por qué no?
—No hay nada de malo ni de deshonesto en una cena, espero —insistió la señora Jiniwin.