La tienda de antiguedades

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—Por supuesto que no —asintió nuevamente el enano—. ¿Por qué debería haberlo? Ni nada malsano tampoco, si no se trata de una ensalada con langostinos y gambas que, según me han dicho, resulta indigesta.

—Y a ti no te gustaría que tu mujer sufriera con esto, ni con cualquier otra cosa que pudiera indisponerla, ¿verdad? —preguntó la señora Jiniwin.

—Por nada del mundo —replicó el enano con una sonrisita—. Ni por una veintena de suegras juntas. ¡Qué bendición sería!

—Mi hija es tu esposa, señor Quilp —le informó la vieja señora con una risita nerviosa que pretendía ser satírica y denotar que él necesitaba que se lo recordaran—. Tu legítima esposa.

—Así es, en efecto. Así es —asintió el enano.

—Y tiene derecho a hacer lo que le plazca, espero, Quilp —abundó la anciana temblando en parte con ira y en parte con un miedo secreto al bribón de su yerno.

—Espero que lo tenga —aseveró—. ¡Ah! ¿No sabía usted que lo tiene? ¿No sabe que lo tiene, señora Jiniwin?

—Sé que debería tenerlo, Quilp, y lo tendría si tuviera también mi manera de pensar.


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