La tienda de antiguedades

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—¿Por qué no piensas igual que tu madre, cariño? —preguntó el enano volviéndose hacia su mujer—. ¿Por qué no imitas siempre a tu madre, cariño? La honra y prez de su sexo. Eso debía de decir tu padre todos los días. Estoy seguro.

—Su padre era una persona bendita, Quilp, y valía veinte mil veces más que otras personas —exclamó la señora Jiniwin—. Veinte mil millones de veces.

—Qué pena que no lo conociera —observó el enano—. No sé si era una persona bendita entonces; pero estoy seguro de que lo es ahora. Fue una feliz liberación. Creo que sufrió durante mucho tiempo.

La anciana hizo un esfuerzo por hablar, pero no salió nada de su boca. Quilp volvió a la carga con la misma malicia en los ojos y la misma sarcástica cortesía en la lengua:

—¿Se siente bien, señora Jiniwin? Parece que se ha excitando un poco hablando… Sí, hablando, que es su debilidad. Váyase a la cama. Váyase a la cama.

—Me iré a la cama cuando me plazca, Quilp; no antes.

—Por favor, váyase ahora. Váyase ahora, por favor insistió el enano.


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