La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —Es verdad, Quilp —respondió su mujer—. Siento mucho…
—¡Quién lo duda! —exclamó el enano—. ¡Lo sientes mucho! Seguro que lo sientes, seguro. ¿Quién duda de que lo sientes mucho, muchÃsimo?
—No quiero decir que sienta que hayas vuelto a casa sano y salvo —aclaró su esposa—, sino que creas eso. Me alegro de verte, Quilp. De verdad que me alegro.
Ciertamente, la señora Quilp parecÃa mucho más contenta de contemplar a su señor de lo que se podrÃa esperar, y mostraba un interés por su seguridad que, consideradas todas las circunstancias, resultaba un tanto inexplicable. No obstante, esto no le produjo a Quilp ninguna impresión; antes bien, se puso a chasquear los dedos cerca de los ojos de su mujer, entre muecas de triunfo y de burla.
—¡Cómo pudiste ausentarte de casa tanto tiempo sin decirme una sola palabra ni dejar ningún recado! —exclamó la pobre mujercita, sollozando—. ¡Cómo pudiste ser tan cruel, Quilp!
—¡Cómo pude ser tan cruel! ¿Por qué? —gritó el enano—. Porque tenÃa ganas de serlo. Ahora mismo, tengo ganas de serlo. Y seré cruel siempre que tenga ganas. Por cierto, me marcho otra vez.
—¡Otra vez, no!