La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —SÃ, otra vez, sÃ. Me marcho ahora mismo. Salgo pitando. Me voy a donde me apetece. Me voy al muelle, a la contadurÃa, para vivir como un alegre soltero. Tú estabas deseando ser viuda. ¡Maldita seas! —gritó el enano—. Pues bien, yo voy a ser un soltero de verdad.
—No puedes hablar en serio, Quilp —sollozó su mujer.
—Te repito —insistió el enano, exultante con su proyecto— que paso a ser soltero desde ahora mismo, un soltero alegre y confiado, y que voy a tener mi residencia de soltero en la contadurÃa; y acércate allà si te atreves. Y cuida de que no te sorprenda cuando menos te lo esperes, pues pienso espiarte, y entrar y salir como un topo o una comadreja. ¡Tom Scott! ¿Dónde está Tom Scott?
—¡Aquà estoy, amo! —se oyó la voz del chico al abrir Quilp bruscamente la ventana.
—¡Espera ahÃ, cacho perro! —gritó el enano—. Vas a llevar la maleta de un soltero. Haz la maleta, señora Quilp. Despierta a la vieja señora para que te ayude. Despiértala. ¡Eh, eh!