La tienda de antiguedades

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Profiriendo tales exclamaciones, el señor Quilp empuñó el atizador, se acercó a la puerta del pequeño dormitorio de la buena señora y golpeó con él hasta despertarla. De esta se apoderó súbitamente un inexpresable terror, pues pensaba que su cordial yerno intentaba asesinarla para vengarse de las piernas por ella difamadas. Poseída por tal pensamiento, en cuanto se despertó se puso a gritar salvajemente, y se habría precipitado por la ventana, y a través de un tragaluz, si su hija no se hubiera apresurado a sacarla de su error y a pedirle asistencia. Algo tranquilizada al enterarse del servicio que se le pedía, la señora Jiniwin apareció envuelta en una bata de franela; y tanto la madre como la hija, temblando de terror y de frío, pues la noche estaba ya muy avanzada, ejecutaron en sumiso silencio todas las directrices del señor Quilp. Prolongando todo lo posible tales preparativos para mayor fastidio de estas, el excéntrico caballero supervisó el traslado de su ropa a la maleta; tras meter con sus propias manos plato, cuchillo, tenedor, cuchara, taza de té, platillo y otros pequeños utensilios de parecida índole, ató con una correa la maleta, sé la echó al hombro y se marchó sin decir palabra, con la botella de ron (que no había soltado en ningún momento) bien apretada bajo el brazo. Una vez en la calle, dejó la maleta al cuidado de Tom Scott, tomó un trago de la botella como premio a la diligencia y le propinó al chico con ella un golpe en la cabeza (sin duda para que también probara un poco su sabor). Tras lo cual, puso rumbo al muelle, adonde llegó entre las tres y las cuatro de la madrugada.


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