La tienda de antiguedades

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—¡El refugio ideal! —gritó Quilp cuando entró a tientas en la contaduría de madera y abrió la puerta con una llave—. ¡El refugio ideal! Llámame a las ocho, cacho perro.

Sin más despedida formal ni explicación, agarró el baúl, cerró la puerta para no dejar entrar a su ayudante y, encaramándose a la mesa, donde se enrolló como un erizo en un chaquetón de marinero, cayó profundamente dormido.

Despertado por la mañana a la hora indicada, y cansado por las cuitas del día anterior, Quilp mandó a Tom Scott que preparara un fuego en el patio con pequeños trozos de madera vieja y algo de café para el desayuno; le dio asimismo unas monedas para que comprara bollos, mantequilla, azúcar, arenques ahumados y otros sucedáneos, y así, unos minutos después, había sobre la mesa una sabrosa comida humeante, con la que el enano se regaló hasta quedar saciado; sumamente satisfecho de una vida tan libre y bohemia (en la que había pensado a menudo, pues le permitía, siempre que quisiera, liberarse de los condicionamientos del matrimonio y mantener a la señora Quilp y a su madre en un estado de incesante agitación y suspense), se dispuso a acondicionar un poco su refugio para hacerlo más cómodo y confortable.


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