La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Con esta intención, se dirigió a un lugar próximo donde vendían artículos marítimos y compró un coy de segunda mano, que colgó a la manera marinera del techo de la contaduría. También mandó instalar, para protegerse de la humedad, la estufa de un barco viejo, provista de un tubo de ventilación oxidado para expulsar el humo a través del tejado. Concluidos los preparativos, permaneció un rato contemplándolos con inefable delicia.
«Tengo una casa a lo Robinson Crusoe —se dijo el enano—; una especie de islote solitario, apartado, desierto, donde estar completamente solo cuando tenga negocios importantes de que ocuparme, al socaire de espías y demás curiosos. No habrá nadie cerca de mí aquí, salvo las ratas, que son unas compañeras muy discretas; estaré entre ellas como pez en el agua. Buscaré una que se parezca a Christopher y la envenenaré. ¡Ja, ja, ja! Los negocios… Ah, no debo olvidarme de los negocios en medio de este placer. El tiempo ha pasado volando esta mañana…».