La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades El enano mandó a Tom Scott que esperara su regreso y no se pusiera ni anduviera con la cabeza abajo y los pies arriba, ni diera volteretas, so pena de un castigo terrible; a continuación, se embarcó para pasar a la otra orilla del río y, prosiguiendo después a pie, alcanzó la casa de Bevis Marks donde el señor Swiveller solía matar el tiempo, en cuyo lúgubre salón lo encontró comiendo solo.
—Dick —apostrofó el enano, asomando la cabeza por la puerta—, mi predilecto, mi buen alumno, la niña de mis ojos…, ¡hola, hola!
—¡Ah, es usted! —exclamó el señor Swiveller—. ¿Cómo le va?
—¿Y cómo le va a Dick? —repuso Quilp—. ¿Cómo le va a la crema de la escribanía, eh?
—La crema está un poco agriada, a decir verdad, caballero —respondió el señor Swiveller—. Empieza a oler a agriada.
—¿Qué ocurre? —exclamó el enano, avanzando unos pasos—. ¿Se ha portado mal Sally? «De entre las más lozanas del lugar, ninguna tanto como…» —canturreó—. ¿Eh, Dick?
—Ciertamente —repuso el señor Swiveller, continuando con su colación con el semblante grave—, no hay ninguna como ella. Sally B. es la esfinge misma de la vida doméstica.