La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —Lo veo algo alicaÃdo —comentó Quilp acercando una silla—. ¿Qué ocurre?
—El Derecho no es para mà —respondió Dick—. Es demasiado árido y exige demasiada reclusión. Estoy pensando en irme de aquÃ.
—¡Bah! —exclamó el enano—. ¿Dónde podrÃa estar mejor que aquÃ, Dick?
—No sé —respondió el señor Swiveller—. Por qué no a Highgate. Tal vez las campanas repiquen: «Vuelve Swiveller, el nuevo alcalde de Londres». Whittington tenÃa Dick por nombre. Sólo que no deberÃan ponérselo tanto a los gatos.
Quilp dirigió a su compañero una mirada entre cómica y asombrada, y esperó pacientemente una ulterior explicación; la cual no llegó, pues el señor Swiveller parecÃa no tener ninguna prisa en hablar, concentrado como estaba en su almuerzo. Finalmente, apartó el plato, se arrellanó en el sillón, se cruzó de brazos y miró melancólicamente el fuego, en el que unas colillas fumaban por cuenta propia despidiendo su buen olor.
—Tal vez le apetezca un poco de tarta —habló finalmente Dick volviéndose hacia el enano—. DeberÃa ser de su gusto, pues es obra suya.
—¿Qué quiere decir? —preguntó Quilp.