La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades El señor Swiveller sacó del bolsillo un pequeño y grasiento paquete, que abrió despacio; contenÃa un trozo de tarta de ciruela, de aspecto un tanto indigesto, cubierto de una capa de azúcar blanco de cuatro centÃmetros de espesor.
—¿Qué dirÃa usted que es esto? —preguntó el señor Swiveller.
—Yo dirÃa que es una tarta de boda —contestó el enano, sonriendo.
—¿Y de quién dirÃa que es? —insistió el señor Swiveller, frotándose la nariz, afectando una calma olÃmpica—. ¿De quién?
—No será de…
—Sà —corroboró Dick—. De la misma. No tiene necesidad de mencionar el nombre. Aunque ya no se llama asÃ. Ahora se llama Cheggs, Sophy Cheggs. Ay de mÃ, que amé como nunca amó hombre sin pata de palo, y que ahora tengo el corazón destrozado por culpa de Sophy… Cheggs.
Con esta improvisada adaptación de una balada popular a las tristes circunstancias de su caso, el señor Swiveller volvió a cerrar el paquete, lo acható con las manos, se lo metió en el pecho, se abotonó la chaqueta y se cruzó de brazos.