La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —Espero que esté satisfecho, caballero —espetó Dick—, y espero que Fred esté también satisfecho. Ustedes dos se han asociado para jugarme una mala pasada, y espero que ya estén contentos. Este es el triunfo que yo iba a disfrutar tanto, ¿no? Es como la danza popular en la que hay dos caballeros para una dama, y uno se la lleva y el otro va cojeando detrás para completar la figura. Pero esto es el Destino, y el mÃo es demoledor.
Ocultando su secreta alegrÃa por el chasco sufrido por el señor Swiveller, Daniel Quilp intentó consolarlo tocando la campanilla y pidiendo una botella de vino rosado (es decir, el habitual), que sirvió con suma prontitud, invitando al señor Swiveller a brindar con él con frases denigratorias de la Cheggs y laudatorias del hombre soltero. Tal fue el efecto en el señor Swiveller, unido a la reflexiónale que ningún hombre podÃa oponerse a su destino, que en muy breve plazo su estado de ánimo mejoró sorprendentemente; asÃ, ofreció al enano un alegre relato sobre la recepción de la tarta, la cual, al parecer, habÃa sido llevada hasta Bevis Marks por las otras dos señoritas Wackles y entregada en la puerta del bufete entre regocijantes risitas.
—¡Ja! —se rió Quilp—. Bueno, pronto nos tocará reÃrnos a nosotros. Lo cual me recuerda… A propósito, me estaba hablando del joven Trent, ¿no? ¿Dónde está?