La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades El señor Swiveller explicó que su respetable amigo habÃa aceptado recientemente un cargo de gran responsabilidad en una casa de juego ambulante y que en aquel momento se hallaba realizando una gira profesional con los espÃritus aventureros de Gran Bretaña.
—¡Qué mala pata! —exclamó el enano—, pues en realidad yo venÃa a preguntarle por él. Dick, se me está ocurriendo una cosa: su amigo de arriba…
—¿Qué amigo?
—El del primer piso.
—¿S�
—Su amigo del primer piso… puede que él lo conozca, Dick.
—No, no lo conoce —negó el señor Swiveller sacudiendo la cabeza.
—No…, porque nunca lo ha visto —precisó Quilp—. Pero si los juntáramos… Quién sabe, Dick, si Fred, debidamente presentado, no servirÃa casi igual a los propósitos del caballero que la pequeña Nell o su abuelo… Quién sabe si eso no redundarÃa en la fortuna del joven y, de rebote, en la suya propia… ¿Qué me dice?
—Bueno, es que… ahora que recuerdo, en realidad —contestó el señor Swiveller— ya se han conocido.
—¡No me diga! —exclamó el enano mirando sospechosamente a su compañero—. ¿A través de quién?