La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —A través de mà —reconoció Dick, ligeramente confundido—. Por cierto, ¿no se lo mencioné la última vez que nos vimos por la calle?
—Sabe que no me lo mencionó —replicó el enano.
—SÃ, lleva razón —asintió Dick—. No se le mencioné, ahora que me acuerdo. Pues sÃ, los presenté aquel mismo dÃa. Por sugerencia de Fred. —¿Y qué pasó?
—Bueno, en vez de que mi amigo rompiera a llorar al enterarse de quién era Fred, lo abrazara cariñosamente y le dijera que era su abuelo o su abuela disfrazada, como nos esperábamos lógicamente…, se lo llevaron los demonios: le lanzó toda clase de improperios, diciendo que él era el culpable en gran medida de que la pequeña Nell y el anciano vivieran ahora en la pobreza; ni lo invitó a beber nada. En resumen, que prácticamente nos echó de la habitación.
—¡Qué extraño! —opinó el enano, caviloso.
—Eso mismo nos dijimos nosotros entonces —repuso Dick frÃamente—, pero asà fue.