La tienda de antiguedades

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Quilp, cogido por sorpresa por aquella información, permaneció cavilando cierto tiempo In silencio, levantando a veces los ojos hacia el señor Swiveller para escudriñar su expresión. Pero, como no consiguió leer en ella ninguna información adicional ni nada que lo indujera a pensar que le había mentido, y como el señor Swiveller, sumido en sus propios pensamientos, suspiraba de vez en cuando como consecuencia de su desengaño sentimental, el enano decidió interrumpir la entrevista y se marchó sin decir más, dejando solo con su melancolía al desconsolado escribano.

«Así que ya se han visto… ¡Vaya, vaya! —se decía el enano mientras callejeaba—. Mi amigo se me ha adelantado. No ha sacado ninguna tajada, y por tanto no tiene mayor importancia, salvo en la intención… Me alegro de que se haya quedado sin su novia. ¡Ja, ja! Hay que impedir que este tarugo deje el mundo de la abogacía por el momento. Lo tengo seguro aquí, donde está siempre a mano para mis fines; además, es un buen espía de Brass, aunque no lo sepa, y en sus momentos de exaltación etílica me puede contar todo lo que vea y oiga. Me resultas útil, Dick, y no me cuestas más que un pequeño regalito de vez en cuando. Y estoy seguro, Dick, de que, antes de que pase mucho tiempo, conseguiré ganarme el favor del forastero cuando le revele tus planes para con la niña. Pero por el momento seguiremos siendo los mejores amigos del mundo, con tu debido permiso».


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