La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Entregado a estos pensamientos y jadeando mientras caminaba con su peculiar modo, el señor Quilp cruzó otra vez el Támesis y se encerró en su refugio solteril. La estufa recién instalada, que volcaba el humo dentro de la estancia en vez de sacarlo por el techo, hacía que la estancia resultara menos agradable de lo que podría haber deseado una persona más delicada. Pero esta incomodidad, en vez de disgustar al enano, parecía ponerlo de mejor humor. Así, terminada la comida que había encargado, encendió una pipa y la fumó junto a la estufa. A causa de la humareda, no se veía de él más que dos ojos enrojecidos, encendidos, y un vago contorno de su cabeza y cara; de vez en cuando, tras un violento acceso de tos, apartaba ligeramente el humo para dispersar las espesas espirales que las oscurecían. En medio de aquella atmósfera, que habría sofocado infaliblemente a cualquier otro hombre, el señor Quilp pasó la tarde muy contento, solazándose todo el tiempo con su pipa y su botella de ron, y entregándose ocasionalmente a un ululato melodioso, que pretendía ser una canción, pero que no tenía el más remoto parecido con ningún fragmento musical, vocal o instrumental, jamás inventado por el hombre. Hacia la medianoche, volvió a encaramarse a su coy sumamente satisfecho.