La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades El primer sonido que llegó a sus oÃdos por la mañana, con los ojos aún entreabiertos —al encontrarse tan inusualmente cerca del techo, abrigó la vaga idea de que se habÃa transformado en una mosca o moscarda, en el transcurso de la noche—, fue un sollozo ahogado, plañidero, en medio de la estancia. Asomando precavidamente la cabeza por un borde del coy, divisó a la señora Quilp, a quien, tras contemplarla cierto tiempo en silencio, soltó de repente un terrible alarido:
—¡Uuuuu!
—¡Ay, Quilp! —gritó su pobre mujercita mirando hacia arriba—. ¡Qué susto me has dado!
—Eso pretendÃa, mujerzuela —repuso el enano—. ¿Qué haces tú aquÃ? Yo estoy muerto, ¿no?
—Por favor, vuelve a casa, vuelve a casa —suplicó la señora Quilp sollozando—. Nunca volveremos a hacerlo, Quilp. Después de todo, fue sólo un desliz producido por nuestra gran angustia.
—Por vuestra gran angustia… —hizo eco el enano con una mueca—. SÃ, por la gran angustia que sentÃs por mi muerte iré a casa cuando me plazca, te lo aseguro. Iré a casa cuando me plazca, y me marcharé cuando me plazca. Seré un fuego fatuo, ahora aquà y después allÃ, bailando a vuestro alrededor sin parar, apareciendo por sorpresa cuando menos me esperéis y manteniéndoos en un constante estado de inquietud e irritación. ¿Quieres irte?