La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades La señora Quilp sólo se atrevió a esbozar un gesto de súplica.
—¡Te he dicho que no! —gritó el enano—. No. Si te atreves a volver aquÃ, a no ser que te haya mandado recado, pondré unos perros en la puerta que te ladren y muerdan. Instalaré también unos cepos hábilmente trucados para atrapar mujeres. Colocaré trampas de alambre para escopeta que explotarán cuando pises el alambre y te harán pedazos. ¿Quieres irte?
—Perdóname. Vuelve a casa —repitió su mujer, sintiendo de verdad lo que decÃa.
—¡Que noooo! —aulló Quilp—. No hasta que me dé a mà la gana. Y volveré todas las veces que me plazca, y no responderé ante nadie de mis idas y venidas. Mira, ahà tienes la puerta. ¿Quieres irte de una vez?
