La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades El tono enérgico y el gesto violento con que el señor Quilp profirió esta última orden mostraba tan a las claras su intención de saltar del coy y, sin quitarse el gorro de dormir, llevar a rastras a su mujer hasta la casa por toda la vía pública, que esta se apresuró a marcharse de inmediato. Su meritorio señor tendió el cuello y los ojos hasta que ella hubo cruzado el patio; a continuación, como celebrando aquella oportunidad de hacer valer su voluntad y mantener la inviolabilidad de su fortaleza, soltó una risotada descomunal y se echó a dormir otra vez.