La tienda de antiguedades

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«Y esta —siguió cavilando el señor Swiveller con un rictus burlón—, esta es la vida. ¡Ah, ciertamente, por qué no! Estoy muy satisfecho». Y, quitándose el sombrero y mirándolo como si sólo lo disuadieran motivos pecuniarios de aplastarlo con los pies, se dijo: «Llevaré este emblema de la perfidia femenina en recuerdo de aquella con la que nunca volveré a dar vueltas en los bailes, con la que nunca volveré a brindar con vino rosado…, en recuerdo de esa que envenenará el bálsamo de mi existencia el tiempo que me reste de vida. ¡Ja, ja!».

Tal vez convenga observar, para que no parezca una incongruencia, que el señor Swiveller no concluyó su soliloquio con una risa realmente hilarante, que habría contradicho a todas luces sus cachazudas reflexiones, sino que, al hallarse en un estado de ánimo teatral, simplemente se entregó a eso que en los melodramas se llama «reír como un demonio», pues al parecer nuestros demonios siempre se ríen en sílabas escandidas (que siempre son tres, ni una más ni una menos); notable propiedad de tal gremio merecedora de perdurable remembranza.





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