La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Con grandes expresiones de agradecimiento, y reprochándose haber sospechado por motivos tan leves de alguien que, en su primera conversación, habÃa resultado ser un hombre muy distinto del que habÃa supuesto, Kit cogió el dinero y se fue a casa. TodavÃa junto al fuego, el señor Brass reanudó sus proezas vocales con el semblante atravesado por una sonrisa seráfica.
—¿Puedo entrar? —preguntó la señorita Sally, asomando la cabeza.
—¡Ah, claro que puedes entrar! —respondió el hermano.
—Ejem… —tosió la señorita Brass a modo de pregunta.
—SÃ, sà —respondió Sampson—. Yo dirÃa que lo tenemos en el saco.