La tienda de antiguedades

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El señor Sampson Brass, que tenía sus buenos motivos para mantenerlo bajo su vigilancia, estaba siempre atento al trote del poni y al traqueteo del calesín por la calle. En cuanto el sonido alcanzaba sus oídos, dejaba la pluma inmediatamente y se frotaba las manos con muestras de gran júbilo.

—¡Ja, ja! —solía exclamar—. ¡Aquí está el poni de nuevo! Un poni de lo más notable, sumamente dócil, ¿eh, señor Richard?

Dick respondía cualquier cosa, y el señor Brass, encaramado a un taburete para ver mejor a través del opaco cristal superior de la ventana, permanecía observando a los visitantes.

—¡El anciano caballero de nuevo! —exclamaba—. Es un anciano caballero muy agradable, señor Richard, de semblante sumamente encantador; parece la tranquilidad y la benevolencia encarnadas. Plasma perfectamente mi idea del rey Lear, tal y como aparecía cuando tenía en sus manos las riendas del reino, señor Richard: el mismo buen humor, el mismo pelo blanco y calva parcial, la misma facilidad para dejar hacer. ¡Ah! Un tema muy bonito para la charla, señor Richard, muy bonito…

Una vez que el señor Garland se había apeado y había desaparecido en la habitación de arriba, Sampson asentía sonriente a Kit desde la ventana y salía inmediatamente a la calle para saludarlo. En tales ocasiones, la acción solía desenvolverse de la manera siguiente:


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