La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —Admirablemente almohazado, Kit —el señor Brass acaricia al poni—. Tu manejo del poni te deja en muy buen lugar. Es un animal asombrosamente suave y reluciente. Parece literalmente como si lo hubieran barnizado.
Kit se toca el sombrero, sonrÃe, acaricia al poni y expresa su convicción de que «el señor Brass no encontrará a muchos ponis como este».
—Hermoso ejemplar, en verdad —lo ensalza Brass—. ¿Y sagaz, también?
—¡Vaya que si es sagaz! —responde Kit—. Comprende todo lo que se le dice como el mejor cristiano.
—¿De veras? —exclama Brass, que ha oÃdo decir lo mismo una docena de veces en el mismo lugar a la misma persona y con las mismas palabras, pero que no por eso deja de quedarse boquiabierto—. ¡Realmente asombroso!
—La primera vez que lo vi, señor —abunda Kit, complacido del interés que dispensa el abogado a su favorito—, no creà que acabarÃa familiarizándome tanto con él como lo estoy ahora.